EN EL DÍA DE LA MADRE

Sublimidad del amor materno

En el dí­a de la Madre, junto con nuestro homenaje ofrecemos a las madres peruanas y a todos nuestros lectores esta magní­fica descripción que Plinio Corrêa de Oliveira hace de una madre cristiana, analizando la notable fotografí­a que acompaña el artí­culo (*).

Una joven campesina de Castilla de la primera mitad del siglo XX considera, solí­cita y enternecida, el hijo que tiene en los brazos.

Se nota en ella una cierta rusticidad, propia de la gente de campo. Pero una rusticidad en la cual por así­ decir no se percibe una cierta aspereza que el concepto de “rústico” contiene.

Al contrario, la vida del campo concentró en esa joven sus mejores efectos. Su semblante, su porte, expresan una vigorosa plenitud de salud de cuerpo y de alma. Pero una plenitud a la cual siglos enteros de tradición cristiana imprimieron su cuño propio.

En esa campesina, que tal vez apenas sepa leer, hay una intensidad de vida de espí­ritu, una lógica, una templanza, una armoniosa sujeción de la materia al espí­ritu, y al mismo tiempo un frescor y una delicadeza que sólo pueden resultar de mucha fe y mucha pureza. Los trazos fisonómicos, muy ní­tidos, son enérgicos. Las cejas fuertes, y de trazado muy definido, sirven de moldura a una mirada penetrante y precisa. Pero hay en el rostro una serenidad, una inocencia, que el tocado blanquí­simo parece acentuar con una nota de lozaní­a especial.

Se trata de una simple hija del pueblo. Pero de un gran pueblo, profundamente católico. En el cual hay tesoros de todo tipo ” étnicos, históricos, morales, sociales, religiosos ”, que hacen de esta humilde y altiva hija de Castilla un modelo digno de despertar el talento de un gran pintor.

Todos estos tesoros están vueltos hacia la maternidad. Salta a la vista el cariño delicadí­simo con que contempla a su hijo, la conciencia que tiene de su función protectora, la dedicación con que ella está por así­ decir movilizada en todas sus aptitudes, en toda su capacidad de afecto (afecto profundo, serio, sin flojedad, dí­gase de paso) en pro del hijo que Dios le dio.

Feliz criatura en cuyo favor la Providencia dispuso maravillas de la naturaleza y de la gracia, en el desvelo de una madre pura y llena de fe.


(*) “Catolicismo” N° 60, diciembre de 1955, sección “Ambientes, Costumbres, Civilizaciones” (extracto).









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