IMPEDIR EL CULTO NO ES EL MODO DE COMBATIR UNA PANDEMIA (I)

Aprendamos las lecciones de la Historia

El mundo moderno, que se manifestaba poderoso y duradero, yace humillado de rodillas ante un pequeño ente microscópico. Ante su dañina proliferación, la mayorí­a de gobiernos viene adoptando medidas restrictivas de los derechos, y el futuro (tanto de la pandemia cuanto de los derechos y de la economí­a mundial) es incierto.

En el Perú, las autoridades proclamaron la llegada de una nueva “ola” del covid-19, recrudeciendo las restricciones al culto religioso. Por orden del Ejecutivo, volvieron a cerrarse los templos en más de la mitad del territorio nacional, y en el resto está restringido el aforo al veinte por ciento. Esta medida se toma a pesar de que, en general, durante el corto tiempo en que reabrieron, las iglesias cumplieron los protocolos de seguridad para evitar la propagación de la pandemia. Situaciones restrictivas semejantes, mayores o menores, se viven en muchos paí­ses.

La anemia espiritual de los cristianos se agrava; muchos ya perdieron la apetencia de acudir a la iglesia, hasta de buscar a Dios. Mientras tanto, el silencio de la mayorí­a de pastores parece reconocer la supremací­a absoluta del Estado, y desconocer la Divinidad, la Omnipotencia y la Autoridad de Nuestro Señor.

Las autoridades ni siquiera consideran un aspecto psicológico importante: para mucha gente, privarse de las reuniones de fe en un contexto de aislamiento social, aumenta la vulnerabilidad a problemas de ansiedad o depresión, lo cual a su vez debilita el sistema inmune, tornando a las personas más propensas a enfermarse.

Muchos han muerto privados de los sacramentos. Hemos sabido de casos en que los sacerdotes se negaron a asistir a moribundos por obediencia a sus párrocos y/o a sus obispos. Felizmente, en los últimos meses ha habido mejorí­as en cuanto a esto. Sin embargo, siguen siendo pocas las voces que se oyen instar a los fieles a recurrir a Dios con confianza y persistencia.

Para resaltar la importancia de los factores espirituales y sobrenaturales en medio de las calamidades, presentaremos, en tres partes, una colección de casos ”que está lejos de ser completa” en que la intervención divina acabó con las epidemias, como resultado de las oraciones y actos de virtud. Los colocaremos, en lo posible, en orden cronológico.

1. La Virgen Salus Populi Romani

La Virgen Salvación del Pueblo Romano es un í­cono que algunos atribuyen a san Lucas evangelista. Se halla en la basí­lica de Santa Marí­a la Mayor. Muy querido y venerado desde la Antigüedad, ha recibido las oraciones de los cristianos siempre que las guerras, pestes y hambrunas flagelaban al pueblo romano.

Entre sus milagros se cuenta el cese de la epidemia de 593 en Roma. En aquella ocasión el Papa Gregorio llevó a Salus Populi Romani en procesión por las calles suplicando el fin de la peste. Según la tradición, en cierto punto del recorrido se escuchó un coro celestial cantando el Regina Caeli, y el Santo Padre vio al arcángel San Miguel envainando la espada de la venganza, en señal de que Dios determinó el fin de la plaga [1].

2. San Sebastián, defensor contra las pestes

San Sebastí­an fue durante la Edad Media el más famoso defensor contra las pestes, empezando con la que detuvo en Roma en el año 680 luego de que, en acatamiento de un mensaje celestial, fue erigido un altar en su honor [2].

3. La Virgen del Monte Bérico

Vicenza (Italia) vení­a sufriendo pestes y males durante 22 años cuando, en 1426, la Santí­sima Virgen apareció a Vicenta Parisi en el Monte Bérico y le comunicó que, si querí­an ser liberados del flagelo, debí­an construir en ese lugar una iglesia consagrada a la Madre de Dios. La augusta Señora recalcó cuál era la disposición divina: “Les dirás que si no obedecen, mi Hijo no dejará de ser estricto con ellos y que en vano esperarán la liberación de la plaga".

Pobre Doña Vicenta: ¡Fue el hazmerreí­r del pueblo! Sin embargo, pasados dos años más de enfermedad y muertes, la Virgen repitió su aparición, que esta vez fue creí­da y atendida. Abundaron las donaciones y el trabajo voluntario, de modo que en tres meses el templo estuvo terminado. Y la peste, que habí­a empezado a disminuir apenas puesta la primera piedra, cesó [3].

4. El Crucifijo de la Gran Peste

También conocido como el Cristo Milagroso, este crucifijo, que sobrevivió al incendio que destruyó la iglesia de San Marcelo en 1519, fue canal privilegiado de la acción divina en Roma durante la Gran Peste de 1522. Fue llevado en procesión por las calles durante 16 dí­as, y cuando regresó a la iglesia de San Marcelo la dolencia se habí­a detenido [4].

5. Tudela y la señora santa Ana

Tudela (España) adoptó en 1530 como patrona a santa Ana, madre de la Santí­sima Virgen, a raí­z de que la ciudad se vio librada de una epidemia cuando las autoridades hicieron el voto perpetuo de guardar y celebrar su festividad cada año con procesión muy devota y solemne [5].

* * *
El Papa Francisco da la bendición Urbi et Orbi en un día lluvioso y triste, durante la crisis del covid-19, en la Cuaresma de 2020.

Algunos podrán objetarnos que, durante la Cuaresma de 2020, el Papa Francisco rezó ante la Virgen Salvación del Pueblo Romano y el Cristo Milagroso de San Marcelo, para pedirles por la emergencia sanitaria, inmediatamente antes de dar su bendición Urbi et Orbi (foto). Si el mismo Vicario de Cristo invocó la protección de Dios, y muchos cristianos seguimos rezando por el fin de la pandemia, ¿por qué, entonces, continúa?

En las próximas dos partes de este artí­culo, trataremos de explorar posibles respuestas, extrayendo enseñanzas del pasado, al paso que seguiremos evocando casos históricos en que el auxilio divino ante la epidemia fue patente.

Por JDG y LACH

Para leer el segundo y el tercer artí­culos de esta serie, pulse aquí­ y aquí­.










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